Un día en Los Angeles (08-16-2011)
por Alicia Alarcon
En Los Angeles y en todo el país, el destino de una persona de la edad de mi Amá es un Convalescent Home.
Rechazó la silla de ruedas e insistió en caminar sólo sostenida por el brazo de su hija, hasta la tienda de orfebrería de la calle Nueve en el centro de Los Angeles. Esa mañana había decidido que después de la consulta con el doctor Molina, se iría de compras al centro de Los Angeles. Le hacían falta más perlas de fantasía para terminar los tres collares que tenía empezados.
Un estacionamento frente a la tienda resultó providencial. La hija sonreía y aceptaba la ayuda de las persona que al verlas, se apresuraban a abrir la puerta para que su mamá entrara sin dificultad. ¨Es su mamá.¨ Si es mi mamá, respondía orgullosa la hija. ¨Tiene perlas de colores.¨ La dependienta las miró y desapareció por un momento. Regresó minutos después con cajas de broches e hilos de perlas de varios grosores y colores.
La mamá escogió los colores más vivos. ¨Que te parece este rojo, combina con el beige y le pongo en medio un broche dorado.¨ Está muy bonito Amá, usted escoja lo que le gusta.
La hija la miraba y miraba la reacción de los demás. No es común en Los Angeles ver a una mujer de 90 años hacer compras acompañada de su hija y escucharla hacer preguntas precisas sobre la procedencia y calidad de la mercancia. ¨Amá dice que estas perlas no se le van a descarapelar que no son de China, que las trae del Japón.¨
Esa mamá de 90 años es mi mamá y yo soy la hija que la lleva del brazo a donde ella quiere, sin el caminador, mucho meno la silla de ruedas.
¨La silla estorba mucho, yo puedo caminar todavía Alicia. No me quieran hacer inválida.¨
Y así transcurre el día, con mi Mamá sostenida en mi brazo. Y me pregunto si las personas que la ven y se acercan a ella en el mercado, en la banqueta, la mujer que le dio un abrazo en la JCPenny y le dijo con humedad en los ojos, que le recordaba mucho a su mamá; son personas que pusieron a sus padres en un Convalescent Home y que murieron solos, en una sala de terapia intensiva, sin nadie que les diera los Santos Oleos o le pusiera entre sus dedos un crucifijo con indulgenias plenarias, como el que mi Amá le puso a mi Apá antes de su muerte, hace ya cuatro años.
En Los Angeles y en todo el país, el destino de una persona de la edad de mi Amá es un Convalescent Home. Es un cuarto compartido en el que los días transcurren entre pastillas para el dolor y sesiones de terapia. La forma en que está estructurado este país, es que la familia debe estar libre de lo que muchos consideran carga para continuar con el trabajo que ayuda a que este país siga siendo el más grande y próspero del planeta.
Lo viejo se desecha. Para ellos el gobierno y la iniciativa privada inventaron los Convalescent Homes. Ahí hay que llevar a los que califican para el Medical y Medicare. Los hijos dictan cuando se deben desmantelar sus recuerdos y repartir sus pertenencias.
Yo estoy convencida que muchos de esos hijos e hijas preferirían tener a sus papás en casa si tuvieran la ayuda necesaria y contaran con un mínimo de recursos de los que se les dan a los Convalescent Homes. Todos vamos para allá. Vamos a llegar de diferentes direcciones pero el final sera el mismo. La enfermedad, la dependencia. Las decisiones que se deben tomar. Creo que estamos a tiempo de cambiar el destino final que otros quieren para nosotros.
Lo que por experiencia sé, es lo mucho que se puede disfrutar a los padres en su vejez. Mucho se puede aprender de ellos. Los recuerdos se vuelven hacer presentes. En el caso de mi familia, somos nueve hermanos, 5 mujeres y cuatro hombres. Todos disfrutamos a mi Amá y con ella recordamos muchas cosas de mi Apá, Nos sentimos afortunados de poder abrazarla todavía. Las mujeres de bañarla y ayudarla a vestirse. De abrocharle los zapatos, porque ya no se puede agachar. De ponerle crema en su espalda y admirar esa piel, que aún a sus años, conserva la firmeza de antaño.





